Cien veces golpee tu puerta, a la ciento uno me cansé y me tiré en el umbral, no se si esperaba ya que abrieras, pero no podía dar un paso más hacia ningún lado.
Agotada, derribada por mi furia y derrumbada por tu indiferencia me envolví con mi propio enojo, me tapé con mi locura, me abracé a mi llanto, me escondí detrás de mi pelo, me salvé de las cien veces que no me atendiste y saldé las cuentas de mi pasado.
Cuando pude levantarme volví a tocar tu puerta. Fue la ciento dos vez que golpee, seguiste sin abrirme, yo menos enloquecida me dispuse a esperar a que alguna vez me abrieras o simplemente me marchara convencida que detrás de esa puerta no hay nada que valga tanta pena.
Sin embargo tengo que reconocer que las puertas del cielo siguen siendo intensamente atractivas para golpear, quiero que me abras, quiero que me respondas, pero lo hago con esta ira tan acechante que no logro una palabra de tu parte y vuelvo a replegarme.
No entiendo otro modo de golpear, no conozco otro modo de llegar al otro lado sin golpear las puertas hasta derribarlas.
Obstinada en el umbral espero el turno que me otorgues la gloria de recibirme. Prometo golpear más bajito, prometo ser más suave, prometo no hacer escándalos, pero no te prometo dejar de golpear.
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