Frágil, humana hasta mostrar la médula herida, sangrando su alma, bella, triste, sincera hasta el odio que da escuchar esa verdad, sentir esa canción en el dolor de saberse errante, errática, es atravesarse y mirarse desde afuera por dentro, a través de los tiempos, de los matices, a través de todas las mujeres que hay en ella, que hay en mi, que hubo en tu cama, que habrá en tu vida.
Melancólica al reconocerse culpable, culpable por sentir su fragilidad como revolver que agitan los gansgter de las victorias en el medio de los campos de batalla minados por expedientes que llevan a juicios y castigos orquestados por hombres matadores de esperanzas infantiles.
Torturada por su propia voz que grita desde el fondo del cuarto oscuro con cama de hospital en el que alguna vez estuvo para cuidarse de si misma, alejada de la botella que de tan aguda no lleva mensaje mientras naufraga por mares revoltosos.
Hubo un tiempo en que yo quería ser la mejor.
No había viento ni cascadas que pudieran detenerme.
Pero entonces llegaban las riadas.
Las estrellas, por la noche, se convierten en polvo...
No había viento ni cascadas que pudieran detenerme.
Pero entonces llegaban las riadas.
Las estrellas, por la noche, se convierten en polvo...
Canta bajito y me desgarro, aunque elástica aprendo a estirarme para llegar lejos con mis brazos y piernas y entonces poder saltar ese largo edificio que no termina más, ocho pisos es mucho cuando el martirio es saber que fui yo quien le disparó al nido, simplemente con mi mirada ardiente, con mi espíritu rebelde, con mi inquieta angustia.
Fui yo Cat, yo también quise ser la mejor alguna vez …Y me fundí en una gran armadura negra, sin rastro alguno de gracia. También quise Sujetarme. Asegurarlo todo, para el desfile final, para lo bueno y lo malo que cabe en mi cama y comprendí que no hay ruta que vaya al sur si no hay norte, pero no hay norte más deseado que el que se encuentra una vez que se ha perdido para siempre la obligación de orientarse.

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